martes, 2 de noviembre de 2010

Superviviente

Instituto de Enseñanza Secundaria E. (Zaragoza). Curso 2010-11.

13:40 Entro en 2º ESO G. Última clase del día. El aula es una olla a presión que bulle próxima a explotar. Son escandalosos, pero ninguno malo. Antes de llegar, desde el pasillo, ya se oye el jaleo. Y así, cada semana, dos días consecutivos a sexta hora con el mismo grupo. Buen “regalo” me ha hecho este curso el Jefe de Estudios.

Apenas entro, me corta el paso Celia, esa chica grande que casi nunca habla, ahora desaforada, en voz alta:

123456- ¡Mira, mira! ¿qué te parece?

Señala una esquina de la pizarra donde pone “ENSAIMADA”. Ignorante de qué va el asunto le contesto:

123456- Pues que a estas horas me la comería, con el hambre que tengo.
123456- ¡Ya estoy harta! ¡Siempre me llaman “ensaimada”! ¡No lo soporto! (sin dejar de gritar).

Así que se trata de un mote y la chica está “quemada”, supongo que por verse marginada más que por el apodo, que me parece inocente. Aunque vete a saber qué retorcida malicia esconde.

123456- Bueno, tranquilízate. Tampoco es un insulto. Y ya sabes: no hay mayor desprecio que no hacer 123456aprecio. Tú como si nada, ya se cansarán y lo dejarán.
123456- ¡Siempre me decís eso, pero siguen!
123456- No lo sabía. Te aseguro que en mi clase no toleraré que se metan contigo.
123456- Y cuando no estés ¿qué? Lo hacen cuando no hay profesores. ¡Hoy me han vuelto a encerrar en el 123456water!

Me empieza a poner nervioso su crispación. No debiera.

123456- Yo te ayudaré en lo que pueda. Si veo que empiezan les pararé los pies. Pero cuando no esté, 123456¿qué quieres que haga? No soy Dios.

En seguida me arrepiento de lo que acabo de decir, a la vez que veo en su cara una mezcla de decepción e ira.

123456- Entiéndeme, lo que pase fuera de mi clase tendrás que planteárselo al Tutor o al Jefe de Estudios.

No me hace caso. Creo que se acaba de romper un puente.

Mientras tanto, el bullicio ha seguido creciendo. Busco el borrador. ¿Dónde está? En la papelera, de nuevo. Lo cojo y lo estampo por dos veces en la pizarra con toda la contundencia de que soy capaz; pero con cuidado, que hace una semana me pillé el dedo y las pasé canutas disimulando el dolor. Ante el estruendo se callan y aprovecho para empezar la clase. Son las 13:45.

Corregimos los ejercicios de fracciones que indiqué el día anterior para casa. Sale Juan a copiarlos.

123456- Profesor, no hay tiza.
123456- Venga, seguro que hay tizas por ahí, sacádlas.
123456- ¡Aquí, aquí!

Empiezan a aparecer trozos por el suelo, proyectiles caídos en la última batalla. Adrián, el chico formal de la segunda fila, saca una entera del bolsillo.

123456- ¿Por qué guardas una tiza, Adrián?
123456- Para dársela al profesor cuando desaparecen.

Empieza Juan a escribir los ejercicios.

123456- … y nos da un treceavo.

Fidel, desde el fondo, con un tono medio para que yo no le oiga pero sí los de alrededor:

123456- ¡Me pica el nabo!
123456- Fidel, tienes una amonestación por faltarnos al respeto.
123456- María, en clase no se come chicle. Tíralo en la papelera.

Se levanta y va. Sigue Juan:

123456- … treinta y nueve tercios, que es igual a trece.

Otra vez Fidel:

123456- ¡Ahí va, cómo me crece!
123456- ¡Fidel, que te pongo otra!
123456- Jorge, llevamos quince minutos de clase y todavía no has sacado ni el libro ni el cuaderno, 123456¡venga!

A duras penas, termina Juan. Tomo la voz cantante:

123456- En los próximos ejercicios, siempre que reduzcáis a común denominador lo haréis eligiendo el 123456 mínimo común múltiplo de los denominadores.
123456- Jorge, ¡además de sacarlos hay que abrirlos!
123456- María, ¿otra vez con el chicle?
123456- No, profesor, ya lo he tirado, mira.

Abre la boca de forma exagerada, aprovechando para sacarme la lengua entre risas de sus compañeros. Alguno se “chiva”.

123456- ¡Debajo de la lengua! Lo ha escondido debajo.
123456- María, ¡que lo tires!

Se levanta por segunda vez a la papelera.

123456- Aquello que hacíais en el colegio de multiplicarlos era admisible con denominadores pequeños. 123456Pero ahora, con números mayores, hacerlo así os llevaría a que el común denominador pueda ser 123456un número enorme, peor para trabajar.
123456- ¡Elsa, adentro! No saques la cabeza por la ventana. Algún día te bajaremos la persiana cuando 123456estés así y verás qué risa…
123456- Julia, deja de pasar papelitos.
123456- Al terminar el cálculo no es suficiente con dar una fracción como solución, debe ser irreducible. 123456Hay que simplificarla cuanto se pueda.

Julia no se ha dado por enterada y sigue con su trajín de mensajes entre mesas. Ahora, sin aviso, voy a la mesa de Julia y le cojo el papel que estaba doblando para el próximo envío. Lo abro con intención de leerlo en voz alta y que la intromisión interrumpa el correo. Cuando veo lo que pone, cambio de planes. Eso no se puede leer en público.

123456- Si aparecen paréntesis, con las fracciones se actúa igual que ya sabéis con los enteros.
123456- ¿Otra vez con el chicle, María?

Abre de nuevo las fauces, ahora sin mediar palabra.

123456- Que no me enseñes los empastes, que no soy el dentista. Tíralo de una vez.

Se levanta por tercera vez, repartiendo sonrisas y gestos cómplices por el camino. Dudo si ponerle amonestación, pero me detengo al pensar que es mejor guardar la munición para casos más graves.

123456- Hay dos formas: o se quitan primero los paréntesis, o se empieza calculando las operaciones que 123456haya en su interior. Vamos a verlo en un ejercicio. Pasa, David y haz el ejercicio número 7.
123456- David, súbete los pantalones, que te vemos los gayumbos.

Ayer, en el Taller de Matemáticas, pude decirle otro tanto a Manuela, pero no me atreví. Siendo una chica, mejor callar. David empieza con desgana.

123456- Guillermo, deja de pintar graffittis en el cuaderno. Si no los dejas, te lo quitaré y te va a fastidiar 123456perder tu obra de arte.

Al poco tiempo, Guillermo está pintando en el brazo de Laura.

123456- Guillermo, ¡ni en el cuaderno ni en ninguna parte, estamos en clase!
123456- Bueno, ahora los veinte minutos que quedan los vais a dedicar a trabajar en vuestros cuadernos 123456los problemas que os indique. Conforme los vayáis haciendo, pasaréis a copiarlos en la pizarra. 123456Llamadme cuando tengáis dudas. Empezad los de la página 69.

Vaya, hombre, he tenido que decir el dichoso número... qué más quieren oir.

123456- ¡Sesenta y nueve! ¡Ha dicho el sesenta y nueve! Ja, ja, ja.
123456- ¡Silencio! No seáis bobos.

A duras penas se tranquilizan. Por poco tiempo. De repente, Alina se levanta cogiendo el libro con las dos manos y dando con él golpes al aire. Ha entrado por la ventana un moscardón, excusa para la gran juerga. Otros imitan a Alina.

123456- ¡Sentáos, sentáos! Una miserable mosca no nos va a dejar sin clase.

Alina de nuevo, coreada con otros gritos de falso terror.

123456- ¡La mosca, la mosca!
123456- ¡Silencio! Ya está bien. Vale de comedia con la mosca. Alina, cinco minutos fuera de clase. 123456Cuando estés tranquila, regresas.

Por fin una mano levantada. Alguien tiene una duda matemática y podré ejercer de profesor por unos instantes. Mientras le atiendo, sube el volumen a mi espalda.

123456- Andrea y Pedro, basta de carcajadas. Reirse está muy bien, pero en otro momento. Andrea, te 123456vas a sentar en la mesa del fondo.
123456- ¡Siempre a mí! Sí, hombre…
123456- Pues sí, porque te lo mando.

Recogerá sus cosas con desgana, alargando el traslado cuanto pueda. Atento a nuevos fuegos que apagar, me olvidaré de ella y allí se quedará.

Otra mano alzada. Voy, sin darme cuenta de las mochilas que obstruyen el camino. Tropiezo y casi caigo. Risotada.

Siguen cinco prodigiosos minutos de aparente calma. Hasta que empieza un rumor creciente. Es la cuenta atrás del final de clase. He intentado muchas veces acallarla. Es inútil.

123456- Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡cero!

Suena el timbre de salida. Son las 14:30. Salvado por la campana.

El lunes a las 8:30 volveré con ellos, somnolientos y aturdidos entonces. Aprovecharé para compensar lo de hoy.

123456- ¡Antes de salir, dejad la silla sobre la mesa!

Recojo mis pedazos y salgo.

P.D.- Respondo a la preocupación de algunos amigos que han leido este relato: todas las clases no son así, ni siquiera con ese mismo grupo, afortunadamente para mi salud mental. Pero confirmo que todo lo narrado ocurrió tal cual en una misma clase de este mes.