domingo, 24 de octubre de 2010

Domund


Cuando era niño, tal día como hoy, los curas de mi colegio nos enviaban por parejas a pedir donativos para las Misiones. Era la cuestación del Domund. Había en el aula unas huchas de escayola con forma de cabezas de negrito o de chinito. Eran tiempos en que la única migración conocida era la de españoles a Suiza, Francia o Alemania, que volvían para el verano con sus envidiados coches. Nunca veíamos personas de otras razas salvo en el cine, en los cromos o en aquellas huchas. Con la única excepción del taxista guineano que cada 5 de enero paseaba en carroza transformado en Rey Baltasar.

Mi preferido era el chinito, con su endémica palidez, ojos rasgados, coleta y sombrero cónico. Para salir a la calle nos daban otras huchas de plástico amarillas y azules, impersonales, peores, qué vas a comparar.

En cada clase se hacía una clasificación de las parejas postulantes según las recaudaciones, con premios para los ganadores: puntos extra, caramelos y la satisfacción de ser adalides en la evangelización de pueblos lejanos. Todo era competición: las notas, el deporte y hasta la santidad.

Pero tras el primer año de postulación supimos que no había opción de ganar. El primer puesto siempre sería para Carceller y quien tuviera la suerte de ser su pareja. Todo por culpa de su tía.

Carceller tenía una tía rica que vivía en la Calle San Vicente. Cada año, tras recoger la hucha, visitaba a la tía y ella le introducía ¡200 pesetas! Para más inri, despedía al sobrino dándole cinco duros de propina. Ninguna pareja podía competir con aquello. Los donativos solían ser de dos reales o una peseta, rara vez más. Aunque te pasases todo el domingo pateando las calles y asaltando viandantes, era imposible llegar a los cuarenta duros de Carceller, mejor dicho de su tía. Por eso nuestro principal objetivo eran las señoras viejecillas camino de misa, a ver si por suerte encontrábamos otra tía de Carceller sin sobrinos.

Conforme avanzaba el día la gente iba estando harta de tanto niño pedigüeño haciendo sonar las huchas. Las negativas se hacían más bruscas. Del "ya he dado" se pasaba a algún improperio. Recogíamos por igual pesetas y chascos. Aunque lo que más desanimaba era encontrar a Carceller y su socio saliendo del cine o zampándose un bocadillo de calamares del Tubo. Los veíamos darse la gran vida con los cinco duros de la tía mientras los demás buscábamos hasta la extenuación otro donativo. Su recuerdo hacía más difícil, al día siguiente, soportar los elogios a los ganadores, sobre cuya identidad no había sorpresa. Me consolaba pensando que peor les iba a esos misioneros de sotana blanca y salacoff para quienes hacíamos la colecta. Alguno, según había visto en viñetas, terminó siendo la comida de los desagradecidos negritos.

Han pasado muchos años y han cambiado muchas cosas, ahora recibimos inmigración. Siguen saliendo los niños de los colegios religiosos a pedir para el Domund. Hoy también. Paseando escucho a mi espalda el consabido sonsonete: "¡Un donativo para el Domund!" Pero, qué sorpresa, al girar descubro que quien me pide es, con ropa actual, ¡el chinito en persona!

Foto: www.todocoleccion.net