miércoles, 7 de julio de 2010

El lado oculto

Colegio de los HH. Maristas. Curso 1967-68.

Cada quincena, en el colegio nos dan el boletín de notas con el puesto conseguido: el primero de la clase, el segundo, el tercero… hasta el último. Entonces cambiamos el sitio. En el primer pupitre de la primera fila, el más próximo a la mesa del profesor, se sientan el primero y el segundo; luego, siguiendo en la primera fila, el tercero y el cuarto; y así sucesivamente, completando las filas del aula hasta llegar al pupitre maldito, donde se sientan el penúltimo y el último de la clase, en la esquina diagonalmente opuesta al profesor.

Los chicos buenos estamos delante, más adelante cuanto mejores seamos, y hacia atrás se acumulan suspensos, castigos y problemas. Cuando se portan mal, el cura los castiga de pié junto a su mesa y la ventana. Hasta hace unos días, a ellos no les importaba. Desde esa ventana se veía muy bien la Pescadería Marucha, en la Calle San Jorge. Tras el mostrador trabajan las dos hijas de los dueños. Tendrán unos 20 años, son muy altas y guapas y llevan unas minifaldas de las que sólo se ven en las revistas. Así que, si a uno le castigaban podía pasar el resto de la clase mirando a las Maruchas desde arriba. Los curas se debieron enterar y han cambiado los cristales, que no estaban rotos, por otros opacos.

En la primera mesa estamos Luis y yo, siempre primero y segundo o segundo y primero. Estando juntos, tenemos que tratarnos, pero sin confianza. Somos rivales, los dos queremos ser el primero. En la última mesa siempre están Sánchez y Vallés, allí no hay rivalidad y pasan cosas raras. El otro día me dijeron que se la tocan en clase viendo una baraja. Al fondo, El Bombilla no les ve; y menos cuando se quita las gafas de culo de vaso para leer. Pero es absurdo, con una baraja se juega al guiñote, pero ¿cómo se les ocurre tocársela? Ha de ser pecado. Procuro no tratarlos; y menos desde el día del paraguas. Había llovido. Salía del colegio y, al pasar por la Plaza de San Lorenzo con Sánchez a mi lado, nos cruzamos con la Marucha joven. Sánchez le tocó el culo y ella se revolvió levantando el paraguas. Como Sánchez es bajito no lo vio y la emprendió a paraguazos conmigo. Casi peor que los golpes me cayeron las miradas y los comentarios de la gente en la plaza. No volveré a andar junto a Sánchez, ya sé por qué es el último.

Hoy en clase de Religión, El Bombilla leía el Evangelio según San Mateo (21, 31):

123456- “En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de los 123456Cielos”.

Levanto la mano para preguntar.

123456- ¿Qué significa publicanos y rameras?
123456- Los publicanos eran recaudadores de impuestos. Las rameras eran mujeres de mala vida.

Noto murmullos en la última fila. Lo de los impuestos lo entiendo, pero lo otro no me queda claro. Insisto.

123456- Pero eso de las mujeres de mala vida ¿qué significa? ¿Qué son pobres o están enfermas?

Ahora se oyen carcajadas al fondo. El Bombilla se enfada. Ya no preguntaré más.

En el recreo Luis me dice:

123456- Yo lo busqué en el diccionario y decía “mujeres de vida alegre”.
123456- Pues aún lo comprendo menos. ¿Alguien se alegra de que la vida sea mala? ¿Es malo que la vida 123456sea alegre?

En casa voy enseguida al diccionario: Ramera.- puta; mujer que comercia con su cuerpo. Esto cada vez resulta más lioso. ¿Qué es lo de comerciar con su cuerpo? ¿Se corta un brazo y lo vende? Lo de “puta” sé que es una palabrota. Por eso se habrá enfadado El Bombilla.

Al día siguiente Vallés, el penúltimo de la clase, me hace una oferta:

123456- Mira, a ver si te enteras, una ramera es una puta. Si me dejas que me copie tu cuaderno de 123456Francés, te dejo ver un rato fotos de putas.

Estoy entrando en un terreno pantanoso. Dejarle que se copie no está bien, así que ver las fotos que me ofrece a cambio, seguro que tampoco. Pero yo quiero conocer qué es eso que todos saben y nadie me explica, por qué se reían en la última fila, por qué se enfadó el cura. Acepto.

Le doy a Vallés el cuaderno y saca del bolsillo la famosa baraja. En sus gastadas cartas no están el As de Oros ni el Rey de Bastos, sino fotos de mujeres desnudas, o casi. Una lleva zapatos de tacón y un delantal, está en la cocina con una sartén en la mano. Otra, con una cofia de chacha, quitando el polvo con un plumero. Y así las demás. Nunca había visto una mujer desnuda. Casi pierdo la respiración al ver tan claro lo que ni me atrevía a imaginar. Tampoco hubiera pensado que se hicieran así las tareas de la casa. Seguro que todo esto es pecado. Se lo tendré que confesar a El Oso. Qué vergüenza. La he hecho buena… aunque tengo la posibilidad de confesarme en la iglesia de El Sagrado Corazón, que allí el cura no me conoce y me absolverá igual.

Una semana después, al darnos las notas, El Bombilla nos informa de una novedad:

123456- Ahora os vais a sentar de otra forma: el primero con el último, el segundo con el penúltimo, el 123456tercero con el antepenúltimo y así el resto.

Soy el segundo y me toca con Vallés. Supongo que los curas quieren que de esa forma los malos estudiantes tengan buenos ejemplos cerca. Para mí comienza una época de trueques en la que aprenderé cosas que no vienen en mis libros.