viernes, 25 de junio de 2010

Sin rumbo

Facultad de Ciencias. Curso 1974-75.

Pepe tiene la prestancia de todo un caballero: siempre con traje y corbata, el pelo cortado a navaja; siempre atento y cortés, mostrando seguridad con su perenne sonrisa. Lo veo antes como un galán del cine de los 50 que como nuestro profesor de Álgebra que es. Se le ve una persona formal donde las haya, aunque esa cicatriz en el mentón alguna vez me haga fantasear sobre una doble vida canalla.

Desde comienzo de curso, se ha establecido entre él y nosotros, sus estudiantes, una relación de cordialidad en la distancia. Vestimos pana y vaqueros, peinamos melenas y barbas, vivimos en la duda. O quizás fuera más adecuado decir en la incógnita. Se duda entre dos o más caminos; una incógnita puede tomar cualquier valor, es una incertidumbre sin horizontes. La dictadura se resiste a pasar página, pero ya se percibe el hedor de su cercana agonía. El miedo es una densa niebla a través de la que este país se mueve a tientas. Al otro lado, quién sabe si la luz u otra vez el abismo. Aprendices de un tiempo gris, apoyados en ideologías de manual, movidos por el corazón, transitamos entre el libro de la vida y los apuntes de Álgebra. Cachorros del desarrollo, bien pertrechados de deberes y culpas, analfabetos en el deseo pero universitarios aventajados en el estudio de las estructuras abstractas.

Muchos días, a la salida de clase me entretengo siguiendo las erráticas evoluciones del gran barbo que habita el estanque del campus. Cogí la costumbre en Primero. Desde lo alto, en la ventana del Interfacultades, lo veía ir y venir, siempre en movimiento pero atrapado. Lo sigo contemplando como quien mira un espejo.

Pepe nos explica Teoría de Grupos, un delicado y complejo edificio donde, sobre los cimientos de las definiciones, se elevan lemas y propiedades, columnas que sustentan teoremas en los que se apoyan corolarios con el remate de algunos ejemplos, cual gárgolas que dotan a la fría piedra de corpórea realidad. Siempre me queda la duda de si el edificio se construye para llegar a ellos o están ahí como simple adorno final.

Una mano en la cadera, otra con la tiza, culmina cada demostración visiblemente satisfecho, ampliando aún más su proverbial sonrisa. En ese momento tiene el aire del torero que brinda la faena al tendido. Nada que ver con la torpeza del profesor de Física, de quien ni sabemos el nombre. Entra en clase ya derrotado, con la mirada baja que no levantará en ningún momento. Recita de carrerilla la lección ensayada hasta que empieza a tartamudear. Entonces suda, enrojece e incluso un día escapó corriendo. Pobre hombre y vaya desastre, nadie entiende la asignatura. No sabemos qué pasará en los exámenes.

Los Grupos parecían interesantes, sabiendo que su iniciador, Evariste Galois, había muerto a los 20 años en un duelo a pistola por un asunto de faldas. Pocas materias habrán tenido un comienzo más intenso. Pero, una vez metidos en harina, ningún rastro de aquel aliento romántico. En cada clase el edificio sigue creciendo, a tal altura ya que no se ve el suelo. Algunos compañeros, presos del vértigo, cayeron al vacío. El resto, voluntariosos albañiles del intelecto, seguimos hacia arriba, a donde Pepe nos lleve. Sin planos, confiados en la sonrisa del que sabe.

Dos títulos exóticos perturbaron de forma prometedora nuestra rutina algebraica: el Lema de la Serpiente y el Teorema Chino del Resto. Creí adivinar que al fin se iba a desvelar un secreto, pero no aparecieron chinos ni serpientes que dieran respuesta ni vida a la enigmática y gélida perfección de este palacio de cristal.

Un día, animados por su trato cordial y la amabilidad con que atiende nuestras dudas, le hacemos la fatal pregunta:

123456- Oye, Pepe, ¿qué busca la Teoría de Grupos? ¿Para qué sirve?


De repente, su sonrisa queda congelada en inexpresiva mueca. Sin quererlo, hemos dado en la línea de flotación. Sus ojos miran a la nada, su rostro dibuja una arruga, tal vez una nueva cicatriz. Tras unos breves segundos de silencio interminable, para nuestra desazón, responde:

123456- No sé. Lo consultaré.


A partir de ahora, su presencia me resultará incómoda, indeciso entre dos sentimientos encontrados: la gratitud por su valiente sinceridad de hoy y el reproche por su atrevimiento de cada día. Tendré que buscar yo mismo las respuestas que, seguro, existen. Las Matemáticas no pueden ser una gran estafa.

Los caminos del conocimiento son paradójicos. De la duda no resuelta nacen certidumbres. Ahora conozco que es posible llegar bien lejos sin saber a dónde se va. También, que la verdadera religión de algunos predicadores es serlo.

En junio hay aprobado general en Física.

En el estanque, el barbo va y viene sin rumbo.