lunes, 10 de mayo de 2010

La Muerte


Colegio HH. Maristas. Curso 1966-67.

Ha muerto el Hermano Lorenzo. Era el Administrador del colegio, al que cada mes mi madre pagaba el recibo y quien, siguiendo la costumbre de su predecesor, el Eutiquio, nos correspondía dándome un “chupón” de fresa. Caro salía el caramelo… Si el Eutiquio era diminuto y con voz atiplada, el Lorenzo era enorme: alto, alto y gordo, muy gordo, con voz de tenor. Se había progresado en el cambio.
Su gran barriga acaparaba mi atención en su presencia. Tan grande era que obligaba a la sotana a caer más allá de los zapatos. Cuando llegaba el calor, sudaba a todas horas, visiblemente sofocado. Muy sano no parecía. No sé cuál sería su edad, igual 50 años. Para mí, muy viejo.
Ha venido el Director a clase, a darnos la noticia, y nos ha mandado levantarnos y salir en fila india. Tenemos que verlo, no sé para qué, antes de ir a la misa que le dedican. Despacio, la fila baja la escalera de alabastro uniéndose a otros cursos, formando una oruga de extrañados infantes con bata. ¿Estará en un ataúd, como Drácula en las películas? ¡Menudo cajón necesitará! ¿Olerá ya?
La fila llega a la Sala de Visitas y allí está: encima de una mesa de madera, con las manos entrelazadas al crucifijo sobre el pecho, los ojos cerrados y sin ataúd, como si se hubiese echado la siesta. Y no, aún no huele.
La sala es pequeña y pasamos muy cerca; tanto, que noto que lo han afeitado cuidadosamente. De vivo iba peor. Nadie dice nada. Algunos lloran. Ya lloraré después, si me da por ahí. Ahora me fijo en cada detalle. Nunca había visto un muerto y de repente tengo uno tan cerca…. Hay que aprovechar la ocasión. A saber cuándo veré otro. Tampoco tengo que preocuparme. Sólo se mueren los viejos y los niños mártires que crucifican los judíos.

Facultad de Ciencias. Curso 1974-75.
Ha muerto Iñaki, compañero de clase; con 18 años, dramáticamente joven. Estaba en el Colegio Mayor El Carmelo y para Navidades fue a su casa en Pamplona. Ya no volverá. Se ha precipitado al vacío desde una ventana.
Lo conocí siempre alegre, regalando una permanente sonrisa bajo las rojas mejillas acribilladas de acné. Se podía contar con él: lo mismo para pasar apuntes que para organizar un partido. Era muy navarro, sanferminero y chico de misas.
No tengo idea alguna de los motivos que le han llevado a pasar ese fatal umbral. Todo en él sugería juventud, ánimo y vida. ¿Qué sombras, que desgarro interior albergaba? Su secreto podría ser el mío, el de cualquiera. Desde hoy sé que la muerte puede empezar en vida, crecer ignorada a nuestro lado.

Instituto de Enseñanza Secundaria. Curso 2007-08.
Han muerto, con pocos meses de diferencia, Alfredo y José Luis. Los dos, cercanos a los 55. Para mí, muy jóvenes. Ambos, profesores de Física y Química. Años atrás, activos en la lucha antifranquista vieron cómo sus sueños apenas se cumplían de forma muy exigua. Cambiaron entonces la utopía perdida por la entrega diaria a la realidad próxima, siempre generosos en su dedicación a la Enseñanza Pública. Impartieron ciencia en las aulas, pero, sobre todo, humanidad.
Queridos y admirados, cada uno recibe en su instituto el homenaje agradecido de alumnos, exalumnos y compañeros. Entre poemas, música y palabras emocionadas, al recordarlos se entrelazan las manos y los llantos de adolescentes, jóvenes y adultos.
Si sólo podemos vencer a la muerte perviviendo en el ejemplo y el afecto sembrados, esta vez José Luis y Alfredo han vencido. Según Leonardo Da Vinci: “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte”. Ojalá sea así y hayan llegado a sentir por un momento la dulzura que ganaron.
Recuerdo ahora aquellas batallas en películas históricas, donde los soldados avanzaban organizados en líneas paralelas con un paso uniforme, impasible al fuego enemigo. Algunos de los primeros iban cayendo, alcanzados por las balas, pero enseguida su puesto era ocupado por los de la línea siguiente. Así, uno tras otro, línea tras línea. Los de más atrás eran los que llegarían más lejos, protegidos en su avance por el escudo humano de sus precursores. Pero, tarde o temprano, llegarían a la vanguardia, encarando sin protección el viento y el destino.
Ya estoy en la primera línea.