martes, 18 de mayo de 2010

Guardia

Instituto de Enseñanza Secundaria E. (Zaragoza). Curso 2009-10.

Estoy de Guardia. Los alumnos de 3º van a un concierto y se agolpan junto a la puerta del instituto para salir. Un “polizón” de otro curso intenta aprovechar el tumulto para escaparse. Le paro los pies y al hacerlo se rozan nuestros brazos. Reacciona con virulencia:

123456- ¡No me toques! ¡Si me tocas te voy a dar!

Le ordeno callar y que vaya a su clase. Ni caso. Empieza a gritar, ahora insultándome. Es más alto que yo e intimida. Se me acerca desafiante y agresivo. Los alumnos que iban a salir se arremolinan a nuestro alrededor. Con público, el muchacho se crece, gritando cada vez más alto, cada vez más loco.

Aquí estoy yo, atrapado. No le doy el tortazo que necesita: ni puedo, dada su talla, ni me está permitido, ni me lo permito, ni me entra en el sueldo. No le contesto, al ver que cuando lo hago se encrespa más. No me permito huir en humillante retirada. Mantengo la dignidad que puedo mientras un adolescente “destalentao” me pisotea en público, a la vez que uno de sus colegas aplaude y ríe como un bufón.

Cuando en la Universidad calculaba integrales múltiples o desentrañaba teoremas de Topología Algebraica, no se me ocurrió pensar que me iban a habilitar para, años después, ejercer por dos horas a la semana como guardia de seguridad. Hoy, como muñeco del pim-pam-pum.