domingo, 30 de mayo de 2010

Anti aéreos

Academia de Artillería. Fuencarral. Diciembre 1977.

El tren nocturno cruza la llanura manchega, lento pero inexorable hacia su destino de fuego. Son las diez, hora de cerrar el compartimento donde ejerzo mis funciones de Cabo Furriel. He terminado de repartir vino y vender cerveza a la tropa. Les oigo cantar las canciones de siempre mientras cierro mi contabilidad mecido por un traqueteo sin tregua. Luego tendré que rendir cuentas al Brigada en el vagón de mandos, el siguiente al nuestro, tras la vieja locomotora. Por detrás nos sigue un convoy armado: ocho baterías antiaéreas, sus camiones de arrastre, la ambulancia, el rádar y los jeeps. Veintidós vagones que dibujan ante el atónito espectador insomne de las estaciones la silueta espectral de una falsa guerra. Vamos de maniobras a la costa gaditana, a cañonear el cielo y el mar.


Ya están las cuentas hechas y el dinero cuadra, pero antes de ir necesito también yo beber, aunque de otra manera. Necesito el agua limpia y fresca de la poesía que cada día me rescata por unos instantes del secuestro cuartelero. Desde que llegué a la Academia, un doble volumen de Pedro Salinas, La voz a ti debida y Razón de amor, es mi equipo de auxilio poético, siempre a mano en el bolsillo derecho de mi pantalón militar.


Necesito el milagro

insólito: otro día

y tu voz, confirmándome

el prodigio de siempre.

Y aunque te calles tú,

en la enorme distancia

la aurora por lo menos,

la aurora, sí.

La luz

que ella me traiga hoy

será el gran sí del mundo

al amor que te tengo.


Avanzo hacia los mandos. Tras de mi las canciones, delante el silencio. Enseguida encuentro al Brigada somnoliento. Empiezo a explicarle la recaudación pero me echa entre juramentos. Está borracho. ¿Qué hago? Busco otro mando con quien culminar mi misión. Voy de compartimento en compartimento y en todos encuentro lo mismo: muecas desfiguradas; guerreras abiertas; alguna frase incoherente; botellas de whisky vacías rodando por el suelo; jefes, oficiales y suboficiales hundidos en el sopor alcohólico, todos borrachos. No rendiré cuentas. Al fin y al cabo (furriel [1]) soy el militar de más alta graduación despierto y lúcido en este convoy artillero.


Al ver al Comandante en postura poco decorosa pienso en el contraste grotesco con su aterradora altivez, la otra tarde en el patio de armas. Eran las seis y sonó la corneta, una y otra vez, tocando a Generala.


- ¡Todos a formar en cinco minutos, con casco y CETME a la bayoneta calada!


Estaba trabajando el cuadrante de las guardias en la Furrielería y a oír el toque persistente y las voces sufrí un sobresalto. Ví por la ventana los camiones alineados en el patio con las cajas abiertas para recibirnos. Recordé las noticias de fallidas conspiraciones militares, pocas semanas atrás: la Operación Galaxia, con unos tales Tejero e Inestrillas. Mientras me colocaba los correajes, iba creciendo el vértigo de una duda. Luego, formados ante los camiones con el motor en marcha, era ya angustia desatada. Si nos llevan, un suponer, a Cibeles armados, ¿qué hago? ¿Me arriesgo a ser un valiente de muerte temprana o cargo con el remordimiento del cobarde, con la muerte interior de por vida?


Afortunadamente, el Comandante, sin dejar nunca de gritar, disipó mi desazón. Era un simulacro.


- ¡Rompan filas!


Qué alegría vivir

sintiéndome vivido.

Rendirse

a la gran certidumbre, oscuramente,

de que otro ser, fuera de mi, muy lejos,

me está viviendo.


Ocho cañones apuntando al azul. Desde esta ladera sobre el mar se divisa un horizonte donde se funden nubes y espumas, digno de un sueño y no de esta pesadilla. Como cabo, soy Jefe de la Batería nº 7. Aunque desplegados hace rato, el ejercicio se demora. La Policía Militar ha despejado la zona e interrumpido el tráfico en la pequeña carretera que discurre delante nuestra, paralela a la costa. Hay jefes y oficiales locales invitados a la fiesta. Se prodigan saludos y comentarios entre las testas estrelladas. Me aburro en la espera y una vez más busco el auxilio de Pedro Salinas.


Que hay otro ser por el que miro el mundo

porque me está queriendo con sus ojos.

Que hay otra voz con la que digo cosas

no sospechadas por mi gran silencio;

y es que también me quiere con su voz.


Por fin se oye la voz del Capitán


- ¡Batería 1!


y las respuestas de los jefes de las baterías


- ¡Fuego!

- ¡Batería 2!

- ¡Fuego!

- ¡Batería 3!

- ¡Fuego!


Suenan secos cañonazos que se pierden en el océano, seguidos por los prismáticos de los mandos. De repente, sale de los matorrales un individuo despertado de su siesta a cañonazos. Sube a una bicicleta y pedalea frenético por la carretera, huyendo del estrépito que retumba sobre su cabeza.


- ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!


Todo se vuelve a interrumpir. Se revisa de nuevo a ladera, aunque parece imposible que quede algún otro durmiente a prueba de bombas. Regreso a la lectura.


La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia

de lo que son mis actos, que ella hace,

en que ella vive, doble, suya y mía.


- ¡Batería 4!

- ¡Fuego!

- ¡Batería 5!

- ¡Fuego!

- ¡Batería 6!

- ¡Fuego!

- ¡Batería 7!


Y cuando ella me hable

de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,

recordaré

estrellas que no vi, que ella miraba,

y nieve que nevaba allá en su cielo.


- ¡Batería 7! ¡Qué coño pasa!


¡Anda!, si esa es la mía…


- ¡Fuego!

[1] pequeño homenaje a Tip y Coll.