martes, 2 de marzo de 2010

Clase en la calle

Instituto de Enseñanza Secundaria. Curso 1997-98.

Matemáticas en 4º ESO, opción B, tema: Trigonometría. Dicto rutinariamente el enunciado de un problema tipo: “Desde un punto A en la orilla de un río se divisa un punto B en la orilla opuesta…”. Alzo la vista y veo a través de la ventana, como siempre, el Río Ebro que sigue con mansedumbre su camino milenario. De repente se presenta ante mí la evidencia del absurdo: aquí estamos, midiendo ríos imaginarios cuando tenemos uno al lado. Una necesidad de coherencia me lleva a decir: “La semana que viene haremos esto mismo en el Ebro”. Y, por analogía, añado: “Mediremos también la altura de la torre del centro comercial”.

A lo largo de la semana siguiente construyen goniómetros artesanales y consigo una larga cinta métrica. Repasamos una y otra vez qué habrá que hacer (“No me pidáis explicaciones cuando estemos allí, todo habrá que hacerlo aprovechando el tiempo de clase”). Y obtengo su compromiso de buen comportamiento. Cada práctica se realizará en dos periodos lectivos, con la mitad de los alumnos cada vez; cuatro clases en total, incluyendo en cada una la ida, la experiencia y la vuelta.

Llega el primer día. Salimos pertrechados con nuestros rudimentarios útiles de agrimensores. A orillas del Ebro nos recibe un cierzo severo. Se hacen las mediciones con rapidez, sujetando los papeles con piedras. Alguno vuela hasta las aguas. Puede decirse que hacemos Matemáticas “contra viento y corriente”.

A la vuelta, estos pioneros alardean ante sus compañeros del segundo turno. Es curioso ver a Juan, alumno que mantiene un prolongado desencuentro con esta asignatura, cómo se da importancia por su actual quehacer matemático. Cuando otro día, camino de la torre, nos cruzamos con los niños que salen de la escuela, éstos preguntan intrigados: “¿Dónde vais con esos cacharros?”. “A hacer prácticas de Trigonometría”, les responde Juan altanero, recibiendo una mueca incrédula como respuesta.

Ese día el cierzo nos da descanso. Los chicos aplican el método de la doble medida a salvo del tráfico, en la zona de césped del cruce de avenidas frente a la torre. Todo discurre con placidez hasta que se disparan los aspersores. Son las 12:00 y no habíamos contado con el riego programado. Hoy es el agua la que cae sobre los papeles. Risas, carreras y algo nuevo que contar.

Doce años después, me cruzo por el barrio con algunos de aquellos alumnos, hoy hombres y mujeres a los que el futuro ya les ha alcanzado. Muchas veces me recuerdan “aquel día que dimos clase en el Ebro” o “cuando salimos corriendo bajo el riego”.

No son las Matemáticas una ciencia propiamente experimental, pero a estos niveles hay tantas posibilidades de tener experiencias matemáticas, y como tales experiencias retazos de vida, que desaprovecharlas me parece tan ilógico (tan cobarde en el fondo), como renunciar a una cita prometedora.