sábado, 27 de febrero de 2010

Taxista

Instituto de Enseñanza Secundaria E. (Zaragoza). Curso 1995-96.

Mimí es el nombre ridículo con que todos le conocen. Alumno de 1º ESO con 13 años, su frágil apariencia no permite imaginar la envergadura ni la dureza de los episodios que ya ha protagonizado: trastadas cuando niño, casos más serios ahora. En clase se mantiene en reserva, midiendo distancias con los profesores, a quienes reconoce su autoridad en el aula. Pero en el recreo, como en la calle, es un depredador que avasalla e impone la ley del miedo a los débiles, que busca alianzas y sobrevive junto a los fuertes.

Salgo del instituto bien pasadas las dos y media, me he entretenido; ya no se ven alumnos ni profesores. Le veo en el porche de la puerta, mirando hacia fuera semioculto por una columna.
123456- ¿Qué pasa chaval?, ¿hoy no te dan de comer?
123456- No profe, es que esos me esperan para pegarme.
Sólo entonces advierto la presencia de la cuadrilla que aguarda al otro lado de la valla: muchachos con aspecto prepatibulario que no quisiera encontrar en un callejón de noche.
123456- A saber en qué lío te has metido. Anda, ven conmigo que te llevo a casa en el coche.
En el corto trayecto voy conociendo algunas de sus últimas “hazañas” que rubrica con un lapidario y helador comentario:
123456- Yo no cumpliré los 20 años.
123456- Venga hombre, tú has visto muchas películas.
No contesta. Mientras, pienso para mí: No es imposible.

Al día siguiente vuelvo a retrasarme en la salida. Al llegar al aparcamiento encuentro a Mimí apoyado en mi coche:
123456- ¡Cuánto te has retrasado! Llevo más de diez minutos esperando…
123456- Pero, ¿te has creído que soy tu taxista?, ¡anda a casa!.
Responde con un gesto de falsa suficiencia que oculta la decepción. No seré el taxista, tampoco el padre que necesita.