sábado, 6 de febrero de 2010

El patio de mi recreo

Colegio HH. Maristas. 1968.

Suena el timbre, ¡al recreo! Salimos por libre (sin correr, o chascazo y vuelta a clase); volveremos en filas. Hoy Ruíz ha traído la pelota, hay partido de fútbol. Los porteros van rápido a coger sitio bajo las porterías de balonmano. Se juegan varios partidos a la vez, por cursos. A veces algún portero se confunde y para la pelota que no es suya… ya está el lío montado. Sobre todo si es una pelota de los mayores. Aunque no le des, si te rebota, se te comen. Los que no juegan procuran ponerse a los lados. No es raro que un balonazo les vuele el bocadillo y, en ausencia de pelota, se remate a gol con pan y chorizo. [1]

El mayor problema es si cuelgas la pelota. A un lado del patio, tras la malla metálica, están los tejados del mercadillo y el patio de luces de una casa de viviendas. Allí se acumulan balones, dejando claro que no hay nada que hacer. En la casa hay una pensión. Desde la plaza se lee el letrero: El Descanso. Camas. Sólo dormir. ¡Qué chocante! ¿Para qué van a ser las camas si no es para dormir? A un segundo lado está la fachada trasera del colegio. Sus ventanas reciben innumerables pelotazos que a veces las rompen. Los otros dos lados del patio dan a la Calle San Jorge y a la Plaza San Lorenzo. Si la pelota cae por allí hay que pedir a Félix, el portero, que te deje salir a buscarla. Te dejará o no, según cómo le dé. Si hay suerte, la pelota vuelve antes al patio lanzada por alguien de la calle; si no la hay, aunque Félix te deje salir, la pelota desapareció. Si se pierde, estás en deuda con su dueño. El día que nadie trae pelota jugamos a Churro va o a Marro cerrado. Para el Churro, todos queremos ir en el equipo de Ramón, el gordo de clase. Salta el primero Miguel, que es como un grillo y llega bien lejos. Luego los demás, procurando caer fuerte sobre los del otro equipo, que aguantan como pueden la lluvia de impactos sobre las espaldas: agachados, las cabezas entre las piernas del compañero de delante y las manos agarradas a sus muslos. Ramón salta el último. Corre despacio y no puede llegar lejos, así que cae en el mínimo espacio que queda libre sobre la espalda del último del otro equipo. Cae a conciencia, como una bomba. Muchas veces el que recibe su mole en los riñones no aguanta y se hunde. Con Ramón se gana a Churro. Cuando nos toca pagarla, hace de almohadilla para el primero. Pero en el Marro hay que evitarlo, no corre nada y se pasa todo el rato prisionero.
Si se amontona la gente en un rincón del patio es que hay pelea. Suelen durar poco, hasta que llega algún hermano y los separa a golpe de pito y de chasca. Si la cosa es más seria, continúa después de las clases en el Callejón Zaporta. Como no tiene salida y los espectadores tapan la entrada, los contendientes terminan cascándose de verdad; allí no llegan las fuerzas del orden marista.

Yo sólo me he pegado dos veces, sin salir del patio. La primera, en Ingreso con Camilo, que me dijo que los Reyes Magos son los padres. No pude tolerar semejante blasfemia y descargué en sus costillas mi rabia al ver esfumarse un sueño. Una rabia que sería mucho mayor cuando en casa me confirmaron que Camilo tenía razón; me sentí un imbécil absoluto. La segunda pelea fue más dura, en 2º de Bachiller. Vallés, ese bruto de Montañana que ha llegado este año, se mosqueó por una tontada y empezó a darme puñetazos. Como tiene práctica, me estaba machacando. Sin pensarlo, le di un rodillazo en las pelotas y se derrumbó llorando. De repente el muy animal parecía un bebé, retorcido en el suelo. Los demás me miraban, sorprendidos por mi victoria. Llegó corriendo El Bombilla, me atizó con la chasca y a clase enseguida. Una vez allí –Vallés seguía llorando- nos soltó un rollo que no entendí muy bien: no sé qué de los testículos (lo buscaré en el diccionario) y las lesiones con consecuencias. Le oía muy lejos. En mi interior luchaban dos sentimientos encontrados: por una parte, “Esto será pecado, me tendré que confesar”; y por otra, “¡Toma, le he ganado a Vallés!”.

Este patio sirve para muchas cosas, también para la clase de Gimnasia. El profesor es Don Abundio, un militar de la Academia que nos dirige instrucción en pantalón corto y camiseta de tirantes. Él no, que va con abrigo, bufanda y guantes. En enero, con tan poca ropa, te pelas de frío; y más aún cuando formamos quietos, los brazos en cruz. Se pone delante de la cabecera de cada fila e insiste: “Sólo tengo que ver al primero, ¡Sánchez, más a la izquierda!”. Pasa así un buen rato, hasta que estamos perfectamente alineados. Si alguno habla, se acerca y le da un golpecito en las orejas coloradas, que imaginas se van a resquebrajar en cristales de hielo. Por lo demás es muy tranquilo, habla bajito con voz aguda y lleva bigotillo. Me recuerda a Franco. Sólo le he visto una vez enfadado de verdad. Corríamos alrededor del patio en formación, cuando dos se empujaron y empezó una riña. Fue a separarlos y a uno se le ocurrió decir: “La culpa ha sido de éste, que es más tonto que Abundio”. Don Abundio, descompuesto, sacó su dormida furia militar: cachetes a uno y otro, sin quitarse los guantes. Después, a correr dando vueltas al patio. En clase de Gimnasia, correr es un castigo, ¡qué curioso!
Pero si curioso es ese castigo, más raro es el premio con que me obsequió El Bombilla cuando estudiamos este año Geometría. Como tengo buena letra, me hacía quedarme sin recreo, copiando en la pizarra las figuras y propiedades que luego él iba a explicar. Así ya tenía la exposición escrita. Correr como castigo, sin recreo como premio… ¡y a mí que me gusta tener recreo y correr!

El patio es lugar de juegos, aula y también prolongación de la capilla. Los sábados de mayo, a la 7 de la mañana, se hace allí el Rosario de la Aurora en el Mes de María. Damos vueltas cantando las avemarías, detrás de la imagen de la Virgen de Fátima que llevan por turno cuatro alumnos. No apetece mucho, pero te ponen un positivo.
Día tras día, durante diez años, hice filas, corrí, jugué, recé y a veces peleé entre los muros de este patio que, niño de ciudad que no juega en la calle, fueron los confines de mi infancia. Una infancia interminable donde los sentidos estaban bien dominados: olor a incienso y tiza, color de cemento y adoquín, música de misa y Eurovisión, con examen de conciencia pero sin tacto, y un único placer: el sabor del pan con chocolate al llegar a casa cada tarde.

[1] En esos partidillos correteaban, entre otros, quienes serían: un Presidente de Aragón en funciones, uno de los secuestradores de Quini, un Consejero de Industria, un obispo de cierta secta, un Justicia de Aragón y un pederasta. Pero todo estaba aún por escribir en los libros de sus vidas, entonces aparentemente tan iguales.