sábado, 9 de enero de 2010

No a la Guerra (II)

14/04/2003 Instituto de Enseñanza Secundaria E. (Zaragoza).

Hoy es nuestra última concentración contra la Guerra. Llueve bastante y habrá que reunirse bajo el porche del Aula de Música; no es posible en el patio principal, ante la puerta del instituto, como las veces anteriores. Desde hace dos meses, una vez a la semana, alumnos, profesores y demás trabajadores nos hemos concentrado durante 15 minutos, dando lectura a textos y expresando en común nuestra convicción activa en favor de la paz. Dos meses intensos de emociones y de crecimiento tanto personal como colectivo. Pocas veces hemos estado tan unidos.

He traído de casa la pancarta del balcón e intento colocarla entre dos columnas, con la torpeza que me caracteriza. Espero que venga en mi ayuda el conserje. Desde la puerta del Gimnasio, Arcadio y Centeno cotillean mis evoluciones. No espero que me ofrezcan su ayuda, pero esa indisimulada curiosidad me toca las narices y les miro de frente. Se escabullen hacia su madriguera sin siquiera devolver el saludo.

Los tablones del hall rebosan de recortes, poemas y dibujos contra la Guerra; se han convertido en el medio de expresión más vivo que ha habido nunca en este centro. Antes de su marcha, los alumnos franceses del intercambio también dejaron allí sus mensajes.

Las pancartas que en su día prepararon los alumnos se vencen hoy, empapadas, bajo el peso del agua, con la pintura corrida en goterones que evocan el fracaso de tanta movilización aquí, en la ciudad, en el planeta. Pese a una opinión pública mundial casi unánime en contra, hubo invasión, hubo decenas de miles de víctimas, cuyas imágenes censuradas por el invasor apenas nos llegaron dándoles así una segunda muerte. Ayer los telediarios ofrecieron la pose chulesca del Boss diciendo que habían ganado la guerra. Por fin parece[1] que esto ha llegado a su fin. Pero nuestras concentraciones no pueden terminar como algo inútil. Por dos meses han sido el Aula Magna del instituto, donde muchos han ofrecido sus ideas y sentimientos más sinceros. Es necesaria una reflexión final que deje constancia de que esto no ha sido una algarabía, una fiesta o una moda. Aquí han aflorado las ideas, los sentimientos, los valores; y en ellos todos hemos crecido, desde los más pequeños, con todo por estrenar, hasta los más viejos y desencantados de antiguas batallas.

Seré quien ponga las palabras de despedida y al prepararlas he recordado mis dudas, dos meses y medio atrás, antes de colocarme sobre la bata el primer “No a la Guerra”. Veo hasta dónde ha llegado el movimiento que empezó en aquel acto mínimo, cuya necesidad estaba latente y sólo esperaba a que cualquiera le diera imagen y cauce. Pienso cuántas veces decimos que las cosas son imposibles porque no nos atrevemos a intentarlas.

Son las diez. Conecto la música que llama a la concentración: El derecho a vivir en paz de Víctor Jara, en la voz profunda y la música enérgica de Luar Na Lubre:


video: versión con Ismael Serrano e imágenes de Palestina
Música de lucha incruenta, que se eleva y vence al repiqueteo uniforme de las gotas en la uralita. Al oír la llamada esperada, casi todos los alumnos y sus profesores van saliendo de las aulas hacia el lugar de reunión. Mientras van llegando, suena después Imagine de John Lenon en la versión de Noah y Khaled, que la cantan en hebreo y en árabe. Cuando acaba, ya están reunidos todos y tomo el megáfono. Termino con estas palabras:

Hoy es nuestra última concentración. Deseamos que por mucho tiempo no vuelva a haber motivos que las justifiquen. Pero si en un futuro, ojalá lejano, la sombra de la barbarie y de la violencia terrorista o de Estado se cierne nuevamente sobre nuestra vida colectiva, sabremos reavivar esta llama y reunirnos de nuevo para levantar una fortaleza de sentimientos y palabras frente a las armas. En tal caso, estáis ya convocados.
¿Ha servido para algo tanta insistencia, tanto empeño? Aquellos a quienes irrita que expresemos una conciencia solidaria, que quieren vernos embobados en un egoísmo consumista, os dirán que de nada sirve. Son los mismos que os llamarán “antipatriotas” cada vez que defendáis la patria común de la Humanidad y aún os acusarán de hacerlo por turbias intenciones.
Pero, estad seguros, este movimiento colectivo ha servido para mucho. Nos ha servido a nosotros mismos para crecer como personas y como comunidad que cree en el valor de la vida humana por encima de cualquier idea, bandera o ganancia material. También ha servido ante nuestros gobernantes y ante los que se pretenden dueños del mundo: ahora saben que sus futuras arbitrariedades y sus negocios inconfesables tendrán enfrente a un gran ejército sin armas pero difícil de vencer, formado por la conciencia de millones de ciudadanos anónimos que ha despertado y se hará oír ante las nuevas locuras de quienes buscan poder y notoriedad a sangre y fuego.
Y ha servido para que el dolor y la muerte de miles de inocentes no caigan en el olvido. En estos días, sus desgarradoras imágenes nos han conmovido: los cuerpos calcinados en un mercado de Bagdad; el torso quemado del niño Alí Smain, a quien una bomba de la llamada “Libertad para Irak” asesinó a toda su familia y amputó sus brazos; la niña de Basora, yaciendo inerte con las piernas destrozadas; el bebé acribillado de Hilla en su ataúd; el rostro desesperado de Razek al Kazem, un padre con el alma rota que lloraba sobre los cadáveres de su esposa y cinco hijos ametrallados; o anteayer mismo, cuando se dice que ya ha terminado la guerra, el infinito desconsuelo de una madre y sus tres niños al recibir los cuerpos sin vida del padre y el hijo mayor. Y también los dos periodistas españoles que han dado sus vidas por salvar la verdad frente a las mentiras oficiales.
Son sólo los rostros que el azar ha preservado entre tanta desgracia. Representan a miles de víctimas anónimas cuyas muertes y vidas destrozadas sólo tendrán un sentido si germinan en nuestras conciencias y nos hacen más solidarios con el sufrimiento de nuestros hermanos, más firmes en la defensa del derecho universal a vivir en paz; si nos hacen más sabios y mejores y mantenemos el compromiso de trabajar porque el mundo también lo sea.
Vosotros, queridos alumnos, en este curso habréis aprendido muchas cosas útiles y necesarias: ecuaciones, morfologías, sintaxis o mapas. Pero esperamos que, por encima de todo, hayáis aprendido el valor de la paz; un valor universal que debe nacer en vuestra vida personal: en la casa, en el aula, entre los amigos, como garantía de que jamás os veréis en un campo de batalla.
Esperamos que también hayáis aprendido que la fuerza de la razón siempre es preferible a la razón de la fuerza; que el imperio de la ley debe prevalecer sobre la ley del imperio; que nunca los pueblos deberán pagar injustamente por las fechorías de sus dictadores; y que no existe la guerra limpia, que toda guerra es sucia y cruel, que siempre deja un rastro de sangre, dolor y llanto.
PARA SIEMPRE ... ¡NO A LA GUERRA!

Como música de despedida, vuelve a sonar Imagine:

Se deshace la concentración. Mientras todos regresan a las aulas, vuelvo a pelear con los nudos chapuceros que, mal que bien, han permitido sujetar la pancarta, a estas alturas ya mojada (habrá que tenderla en un radiador, así no la puedo llevar a casa). Volvemos a la rutina diaria de “lo mío” pero nos queda la huella de dos meses muy intensos; sabemos que es posible vivir como comunidad. En mi pensamiento desde entonces, como hoy desde el teclado, los versos de Luis Cernuda: “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”.

[1] Desgraciadamente, sólo lo parecía. Terminaba la "guerra convencional" de invasión. Pero comenzaba la guerra de resistencia y la peor de las guerras, la guerra civil.