sábado, 26 de diciembre de 2009

No a la Guerra (I)

Marzo de 2003. Instituto de Enseñanza Secundaria E. (Zaragoza).

Aznar me mira, nos mira, desde la pantalla de Telecinco con su rostro inexpresivo, careta de la mentira:

123456“Créanme, les aseguro que Sadam tiene armas de destrucción masiva…”

Y sigue con el guión tantas veces repetido en este mes, el que le ha dictado su señor tejano: que hay que desalojar al dictador del poder porque amenaza la paz mundial con sus armas atómicas y químicas; que las tropas de la coalición liderada por EE.UU. llevarán a Irak la libertad y la democracia.
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Todos sabemos que miente, que va a dar un soporte internacional que no tiene a la próxima matanza, sólo para ser el alumno aplicado del dueño del mundo. Que la sombra de decenas de miles de muertos anónimos no va a perturbar su oportunidad de entrar en la Historia, aunque sea en la Historia Universal de la Infamia. Que cuenta con su mayoría absoluta en el Congreso, esos diputados de la “derecha civilizada con raíces cristianas” que en una tarde de plomo aplaudirán entre risotadas festivas su triunfo en la votación de apoyo al comienzo de la carnicería.

Cuando se embarcó en esta canallada tal vez pensó que sería para nosotros otra “guerra de telediario”, lejana e indiferente; tal vez ni pensó en nosotros. Pero no es una guerra más, ahora nuestros votos son usados para avalar ante el mundo muertes de inocentes, esgrimiendo razones mentirosas para ocultar razones espúreas. Ahora, aunque sea en una parte ínfima, la vergüenza nos salpica y nos mancha. Por eso el grito “No en mi nombre, no con mi silencio”. Un grito que ha corrido como la pólvora tras aquella enorme y preciosa manifestación del 15 de febrero, también en nuestra ciudad. Que se ha hecho icono en el “No a la Guerra” rojinegro que exhibían los actores en la ceremonia de los Premios Goya.

La gente corriente ha empezado a reivindicar su papel en la Historia, sin necesidad de visitar la mansión del César, a formar una marea de opinión insoslayable. También yo soy parte de ese río colectivo y me siento llamado a darle fuerza y extensión, ¿pero cómo? Tengo una posición de privilegio para defender y difundir esos valores. Cada día aparezco ante casi un centenar de muchachos en formación. Pero el privilegio lleva unida la responsabilidad. No debo adoctrinar, pero sí poner sus conciencias en marcha, ayudarles a crecer moralmente. Ignorar esta conmoción que hoy vivimos sería otra forma de tomar partido. Hoy nadie puede ser neutral, todos los que se dicen apolíticos están en el mismo lado.

Las Matemáticas dan poco juego en este tema. ¿Qué hacer? Decido dar testimonio mudo. Mi sola presencia con el “No a la Guerra” en forma de pegatina sobre la bata blanca será, por inédita, elocuente.

Resueltas mis dudas, queda determinar la estrategia a seguir. Sé que los “talibanes[1] me va a asaetear con sus comentarios; que procurarán, como con asuntos domésticos ya intentaron, desacreditarme y demonizarme. Hay que conseguir que más profesores sigan la iniciativa. Me consta que muchos participan de la misma rabia e indignación, que también se manifestaron en las calles, pero nadie aún se ha descarado en el trabajo.
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Bajo de internet el ya famoso cartel, lo repito 16 veces por hoja, lo imprimo, lo plastifico, busco imperdibles (hay que pensar en todo).

Llega el día. La tarde anterior, sin testigos, he colocado en el hall los paneles móviles con algunos recortes de prensa y un poema de Serrat:
123456“No esperes que un hombre muera
123456para saber que todo corre peligro,
123456ni a que te cuenten los libros
123456lo que está pasando ahí fuera".
123456...
123456"No esperes golpes de suerte,
123456seguirás a su merced
123456mientras haya gente que
123456trafique con la muerte".
123456...
A primera hora dejo sobe la mesa de la Sala de Profesores los cartelitos y los imperdibles. Pincho uno en mi solapa y salgo al pasillo. Paso entre los primeros grupos de alumnos con la mirada estudiadamente perdida, pero noto que algunos se han dado cuenta y se avisan entre ellos. Me llega algún gesto de aprobación. ¿Qué pasará cuando me cruce con Marzo, con Uncastillo o con Rodrigo? ¿Dirán algo? ¿La montarán como ya han hecho por tonterías en claustros anteriores? Comprobaré que no son capaces de uno en uno, cazan en jauría, y para cuando quieran reaccionar ya será tarde, no se atreverán con tantos.

Llego a la primera clase de la mañana: 1º de ESO B. Allí, ante todos, ni un solo alumno puede ignorar que hoy el “profe” es un hombre-anuncio. Al verme, sus ojos se abren como platos. Empiezo la clase normalmente, ni una palabra sobre el tema. Pero está clara la impresión causada.

Al cabo de unos minutos, algunos chicos sacan sus estuches de pinturas y se afanan con ellas. ¿Qué pasa? De pronto, veo que Mari Luz ha pintado su propio “No a la Guerra” en papel, lo ha recortado y lo pone con cello sobre su jersey. Me mira, sonriente y radiante. Y después hacen lo mismo Jaime, Úrsula… así hasta 7 alumnos. Uno de ellos es José Miguel, ese chico murciano que vino tarde, por traslado de su padre que es militar. Lleva una sudadera azul marino de la KFOR[2] y el “No a la Guerra” luce, de forma inesperada, sobre la rosa de los vientos de la OTAN.

No había imaginado esa reacción espontánea. Veo crecer la conciencia solidaria de niños de 12 años. Con un nudo en la garganta, soy incapaz de comentar nada. Es inútil, superfluo, subrayar la belleza. Tan sólo compartimos una sonrisa cómplice.

Termina la clase y salgo conmovido, feliz por este momento inolvidable, recordando otra canción de Serrat:
123456“De vez en cuando la vida
123456se nos brinda en cueros
123456y nos regala un sueño tan escurridizo
123456que hay que andarlo de puntillas
123456por no romper el hechizo”

Ahora ya me da igual si en el claustro me llueven piedras. Aunque así fuera, habría merecido la pena. Pero no va a pasar eso. Cuando salgo del instituto a las 2 y media, hay nuevos recortes de prensa en el hall y los profesores han empezado a coger los cartelitos dejados en la sala; mañana traeré más. La bola de nieve ha empezado a rodar.

[1] “talibanes”: grupo de profesores reaccionaros. Son pocos, pero hacen mucho ruido.
[2] KFOR: fuerza internacional de intervención en Kosovo.