sábado, 19 de diciembre de 2009

La libreta del abuelo

Si alguien en especial me transmitió el respeto y el amor por el saber que ofrecen los libros, fue mi abuelo Domingo. Nacido en 1895 en Eripol, aldea del Somontano oscense, toda su escolarización se redujo a los dos meses que un maestro itinerante recaló allí, enseñándole a leer y escribir. Desde niño, el trabajo del campo era su quehacer diario y parecía ser su único horizonte y su futuro.
Sin embargo, a los 23 años tomó una atrevida decisión, la de abandonar su aldea. Lo hizo escapando de una boda pactada entre su familia y otra. Cada una de ellas tenía un hijo y una hija. Habían acordado dos matrimonios que asegurarían la continuidad de ambas casas sin partir las tierras. Domingo no estaba de acuerdo, así que decidió ir más allá del pequeño mundo de Eripol. Su viaje le llevaría a América. No fue, en cualquier caso, un camino sencillo. Primero tuvo que cruzar los Pirineos a pié y sin papeles, por senderos lejos de los controles fronterizos. En Francia trabajó como jornalero hasta que pudo comprar un billete de embarque a los Estados Unidos. Por fin, el 30 de octubre de 1920 zarpó del puerto de Le Havre en el buque “La Lorraine”, con destino a Nueva York. Allí llegó el 8 de noviembre sin saber inglés, sin dinero y con una supuesta carta de invitación, escrita por él mismo, que le permitiría salvar el control de inmigración en la Isla de Ellis, frente a la Estatua de la Libertad.
Su peripecia norteamericana podría ser tema de una novela: minero a punto de morir en un derrumbamiento; trabajador en la primera cadena de montaje de automóviles, la del famoso Ford modelo T en Detroit, donde vio al patriarca Henry Ford revisar en persona el trabajo de los obreros; y superviviente en Chicago, gracias a su agudeza montañesa, en los turbios tiempos de la Ley Seca y los gángsters; entre otros episodios.

A su regreso definitivo a España en 1930, los ahorros le permitieron comprar un puesto de frutas en el Mercado Central de Zaragoza para después construir una pequeña casa en la Calle Gavín, cuyas rentas serían el principal medio de subsistencia hasta su muerte en 1972. Asiduo lector de las novelas de Vicente Blasco Ibáñez, mi memoria infantil le recuerda leyéndolas, paseando y conversando; siempre acompañado por una tos impenitente, señal de la bronquitis crónica que le dejara la mina. También recuerdo su visita diaria a la Biblioteca Mariano de Pano con mi hermano, para quien desde entonces las bibliotecas han sido lugares familiares.
Siempre profesé admiración hacia este abuelo que se la jugó por seguir un camino propio, en vez del que otros habían trazado para él; y que en todo momento dio un alto valor a la educación que no había recibido, con gran empeño en que su única hija, Josefina, llegase a ser Maestra Nacional. Pero esa admiración se convirtió en lección inolvidable y agradecimiento perpetuo el día que aprobé la antigua Reválida de Bachillerato y el abuelo me trajo una libreta. Sus palabras fueron, más o menos, éstas:

“Cuando vivía en Washington, los domingos por la mañana iba a una gran biblioteca, la Biblioteca del Congreso, donde hay muchos libros en español. Los leía y anoté en esta libreta cosas importantes de esos libros. Tómala. Cuando vayas a la Universidad te puede ser útil”.

Emocionado recogí la libreta donde, con cuidada caligrafía y a lápiz había escrito, por ejemplo: quiénes y cuándo inventaron la imprenta o la luz eléctrica; cuáles eran la superficie, la capital y la población de cada país europeo; quiénes y cuándo llegaron por vez primera a los Polos, etc. Datos enciclopédicos que había buscado para saciar su curiosidad. Así aprovechaba las fiestas este hombre sin estudios, que fue capaz de cruzar el océano en tiempos inciertos buscando una vida mejor; una vida donde ser dueño de su destino, una vida con libros.
Se fue con la satisfacción de haberme pasado un testigo… ojalá sea un digno portador del mismo. Con estas líneas quiero hacer perdurable el ejemplo y corresponder al gesto del abuelo Domingo; mi abuelo sin escuela, valiente, emigrante y amante de los libros.