miércoles, 14 de octubre de 2009

Tutorías calientes

Instituto de Bachillerato B. (Huesca). Curso 1980-81.

Mi primer destino definitivo. Suena algo así como cadena perpetua. Pero no será una condena; al revés, una etapa esperanzada que me va a deparar muchas satisfacciones. Tampoco será perpetua; ya quisiera hoy volver a ser aquel, allí y entonces.
La Universidad me preparó para ser matemático (no estoy muy seguro), pero no
para enseñar y mucho menos para educar. Aún no tengo hijos y mi edad está más cercana a la de los alumnos que a la de sus padres. Así que la Tutoría será una parte del trabajo donde haré lo que pueda, pertrechado tan solo de buena voluntad y de intuiciones, sin teoría alguna y sin otra experiencia vital que la de haber sido muchos años alumno.

Piluca es una alumna de 2º A de B.U.P, multirrepetidora. Está a punto de cumplir 20 años y va al instituto obligada. No abre el libro. A veces se pinta las uñas, ocultando las manos bajo el tablero de la mesa. Otras, ojea fotonovelas. Mientras, hago como que no la veo y sigo en la pizarra despejando delta en función de epsilon. Todavía no me he dado cuenta de lo absurdo del empeño y me consuelo del fracaso cotidiano pensando que he dado una clase de mucho nivel (¿para quién?).
Piluca está muy desarrollada. Más que una alumna parece un ama de cría. Mantiene una actitud torpemente provocadora de Lolita sin gracia que intento obviar. Sus compañeros adolescentes la miran entre cohibidos y maliciosos. Soy el tutor de 2º A. Hoy viene su padre a visitarme. Cuando entra veo que el hombre es muy mayor: pelo todo blanco, mirada cansada, cuerpo ligeramente encorvado.
123456- Buenos días. Soy el padre de Piluca.
123456- Buenos días.
123456- Mire, esta chica ha sido la “tardana” de casa. Los tiempos están cambiando y ahora las chicas 123456quieren mucha libertad. Yo no consigo entenderla; me coge ya viejo. Es rebelde y no me hace 123456caso. Es muy mala estudiante, pero como en casa no hace nada, pues que vaya al instituto.
123456- Muchas gracias.
123456- Soy viudo y sus hermanos son bastante mayores que ella; todos viven en Barcelona y en 123456Zaragoza, así que no me pueden ayudar. Usted que es joven la comprenderá y sabrá cómo 123456inculcarle la formalidad. Tiene mi autorización. Si lo necesita, usted la calienta.
En aquel momento recuerdo la opulencia carnal de la chica. La situación, que después me hará sonreir, se vuelve incómoda para mí.
123456- Mire, no creo que sea necesario.

Alberto es otro alumno de 2º A, larguirucho y lleno de granos. Tampoco da un palo al agua. Viene su padre a visitarme en Tutoría.
123456-
Buenos días. Soy el padre de Alberto.
123456- Buenos días. Este chico lleva mal camino para aprobar el curso. No trabaja.
123456- Sí, ya lo sé. Su hermana es muy lista y por eso la llevo al Arabell
[1]. Pero éste, como es más 123456burro, pues que vaya al instituto.
123456- Muchas gracias.
123456- Pero yo les pediría a los profesores que no sean muy duros con él. Compréndanlo, está en la 123456edad de la masturbación.
No sé qué responder.

Como tantas veces, también en ésta como tutor novato, las ganas de hacer las cosas podrán más que la ignorancia y la inexperiencia. Me consuelo con los versos de León Felipe:
123456“para enterrar a un muerto, cualquiera vale;
123456cualquiera menos un sepulturero,
123456para que lo entierre con respeto”
Pero con Piluca y con Alberto, aquellas entrevistas son decisivas, anulan mi capacidad tutorial. Siempre mantendré una prudente distancia, ante todo física, con ambos. En el caso de Alberto, también con sus exámenes; los cogeré con aprensión, revisando bien antes el papel, hasta asegurarme de su limpieza.
Alguna vez pienso que cada uno de ellos dos tiene la solución para los problemas del otro. No me atrevo a decírselo.

[1] Arabell: colegio femenino del Opus Dei.