jueves, 26 de noviembre de 2009

Todo por la patria

Regimiento de Artillería Antiaérea. Diciembre 1978.

Soy oficial del Ejército Español, pero interino: alférez de complemento. No tuve valor para declararme objetor de conciencia por temor a ir a Torrero
[1] y opté por esta modalidad de “mili” ventajosa llamada IMEC que se ofrece a los universitarios: 6 meses de soldado (3 de academia) y 6 meses de alférez, los últimos pidiendo destino y con sueldo. Como soy de Ciencias, me mandan a Artillería, donde hay que manejar grados y minutos (a los segundos no llegamos). Los de Letras van a Infantería, donde no hay que hacer cuentas. Así que, objetor de pensamiento, paseo por el cuartel con una estrella de seis puntas en la gorra, devolviendo de mala gana el saludo militar a los soldados que se cuadran a mi paso, también desganados. De contradicciones estamos hechos; aunque unos más que otros.

Sin esperarlo, aquí me veré de nuevo en un aula, improvisada, y por vez primera dando clase en público. Pero eso tarda algunas semanas en llegar.

Pronto advierto que este mundo cuartelero no se lleva bien con el conocimiento, tal como yo lo entiendo. Su lógica no es la mía. Para empezar, está la jerarquía militar: relación de orden total, diría como matemático, que se establece de acuerdo con el criterio de qué atributos luce cada cual en la gorra. De menos a más: gorra lisa la tropa, con galones los suboficiales, con estrellas los oficiales y con “mantecados” (estrellas de 8 puntas) los jefes. Como pronto me harán saber unos y otros, no cabe otro criterio para la ordenación ni la agrupación de iguales: ni edad, ni afinidad, ni formación, ni valor (por decir algo que se supone militar)… ningún otro. Además es un orden estricto, que no admite el ≤ (menor o igual) entre las distintas categorías; o una manda a la otra o le obedece.

Tuve la primera constatación recién llegado al cuartel. Pensando que era de buen estilo darse a conocer, fui a tomar un café al Club de Suboficiales. Había ambiente de taberna, pero al entrar yo se hizo un silencio espeso. A mi alrededor la escena tantas veces repetida en películas del Oeste, con el forastero que irrumpe en el “saloon” entre la desconfianza de los parroquianos. El silencio fue roto por los ritos que la disciplina militar impone. Hombres de la edad de mi padre, la mayoría sargentos chusqueros, dejaban la partida y el carajillo para saludarme en posición de firmes.
123456- A sus órdenes mi alférez.
Sus ojos reflejaban irritación y decían otras cosas:
123456- ¿Qué coño has venido a hacer aquí, niñato de mierda? Encima de que te han regalado esa 123456estrella que yo sólo conseguiré la víspera de jubilarme, vienes a nuestro bar a joder. Y encima 123456con esa barba castrista… oficial y rojo. ¡Qué vergüenza!
No volví a entrar donde no me correspondía. Norma sagrada: cada cual en su sitio.

El pasado fin de semana me fue recordado de nuevo ese principio y bien a las claras. Estaba de guardia con el Teniente Balbín, pesado como él sólo. Tras varias horas de aguantar su monólogo de ignorante sabelotodo, lo dejé viendo la película de la tele y me fui a charlar con Miguel, el cabo telefonista. Es malagueño, Licenciado en Filosofía. Pidió prórrogas mientras pudo y aquí está, leyendo a Hegel sobre el tablero de clavijas. La conversación es amena y se alarga. A la vuelta, confío que Balbín se haya dormido. Pero no, me espera en la puerta del Club de Oficiales, la cara roja como un tomate del cabreo que lleva.
123456- ¡Alférez, nunca más! ¡Nunca confraternice con los inferiores!
Orden total y estricto.

Tampoco la eficacia es bien vista, mucho menos si se opone a la rutina. Lo sabe bien el Capitán Castilla.
En la artillería antiaérea el blanco –el avión- está en movimiento. Así que las prácticas consisten en que, dadas unas coordenadas de avistamiento del objetivo y, teniendo en cuenta su dirección, se consulta en unas tablas numéricas cuál es la posición a la que hay que apuntar. Lo cual es válido, claro está, si el tiempo invertido en el proceso se corresponde realmente con el previsto por quienes hicieron las tablas. El Teniente Coronel (T.Col. le dicen) lo controla cronómetro en mano. Tal vez en tiempos de los aeroplanos ese método fuera eficaz, pero me da a mí que si nos atacasen aviones de verdad no teníamos nada que hacer. Mientras buscábamos los números en las tablas nos habían frito.
El Capitán Castilla ha hecho el Curso de Misiles en EE.UU. y lleva una calculadora programable en el bolsillo de la guerrera. En el C.O.T. (Centro de Operaciones de Tiro), junto al tablero donde se marcan los datos, cada vez que empieza el proceso en pocos segundos Castilla da las coordenadas. El T.Col. le escucha con recelo acertar una y otra vez, siempre con gran anticipación sobre los que calculan tirando de lápiz y tablas. Hasta que el T.Col. corta por lo sano:
123456- ¡Castilla, guarde la calculadora y deje de tocar los cojones!

Ya no me sorprenderá, semanas más tarde en unas maniobras con un avioncito de radiocontrol como blanco real, recibir un gran “chorreo” por haberlo derribado. Según supe, hacía años que nadie lo conseguía.
123456- Pero ¿qué ha hecho alférez? ¿Sabe usted el dinero que cuesta uno de esos avioncillos?¿Cómo se le 123456ocurre?
123456- Pero mi T.Col, ¿se trata de acertar o de fallar? Es que yo pensaba que nos entrenábamos para 123456acertar…

Muchas cosas “funcionan” al revés dentro del cuartel. Pero saberlo nunca fue tan sangrante, literalmente, como al regreso de aquella patrulla con balas de fogueo, bajo el mando del Teniente Rodrigo. Tras quitar el cargador, se comprueba que no ha quedado ninguna bala en la recámara. Para ello cada soldado, la culata del CETME apoyada en el suelo y la bocacha hacia arriba, aprieta el gatillo y, si lo hubiera, ese olvidado cartucho será disparado al aire.
Juan De Dios es un soldado canario siempre con siete capas de ropa; no se acostumbra al cierzo. Sin darse cuenta, da el tiro con la mano tapando la bocacha. Quedaba un cartucho. Pese a ser fogueo, estando tan cerca, el impacto revienta la palma de la mano. Sangra en abundancia. Un compañero le hace un precario torniquete.
Hay gritos de rabia; también palabras de pesadumbre y consuelo. Parece normal que así sea, pero para mí no lo es. Grita el Teniente Rodrigo:
123456- ¡Mecagüen mi vida! ¡A mí me tenía que pasar! A punto de hacer el curso para capitán. ¡Ahora 123456habrá consejo militar y se retrasará el ascenso!
Hasta que llega la ambulancia, el desdichado Juan De Dios consuela a su teniente, la venda empapada por la sangre que mana a mansalva:
123456- Lo siento mi teniente. Ha sido sin querer. Perdóneme, lo siento mucho.
Tras mi susto y preocupación, la incredulidad, después el asco, la nausea.

Al hilvanar sucesos y anécdotas, el relato engaña. Son acontecimientos perdidos en un mar de aburrimiento. Aquí no pasa nada. Corre el tiempo lentamente mientras cada cual permanece agazapado en su rincón de escaqueo, escaqueo alcohólico en muchos casos. Pronto se me hizo saber por un teniente, en voz baja:
123456- Mira, aquí no importa si no haces nada, pero que no se note. Que no se te vea por el medio.
Y así ocurre. Cuando llega la hora de abandonar las pautadas citas con la barra del bar, todos desaparecen. Deben estar muy ocupados, pero su ocupación desde luego no es visible.

Encajo mal en este sistema. Por lo tanto no me extraña que cuando, la antevíspera del Referéndum Constitucional, el T.Col. reúne a los oficiales en su despacho, me diga:
123456- No, tú fuera. Los de IMEC no.
Si traman salva a España de la amenaza democrática, no cuentan conmigo. Mecachis…
Pero, a pesar de desencuentros y recelos, me suponen gente de cultura. Algún provecho podrán sacar de mí.
123456- Alférez, mañana después del desayuno dará una charla a la tropa.
123456- ¿De qué tema, mi T.Col?
123456- De lo que quiera. Es una actividad cultural.

Tras 16 años como alumno, por vez primera sería yo quien dictase la lección, aunque en un ambiente peculiar. En el comedor, ante 200 soldados recién desayunados, pero en su casi totalidad decididos a seguir durmiendo; muchos, aún con pijama bajo el uniforme desabrochado. Como al T.Col, también a ellos les daba igual de qué hablase. No me pondrían en ningún aprieto con sus preguntas. No pasó así en el CIR, según cuentan, cuando un brigada daba su explicación de balística a los universitarios de IMEC:
123456- … y el proyectil irá cayendo por la acción de la gravedad.
123456- ¿Y si no hubiera gravedad, mi brigada?
123456- Mmm… entonces caería por su propio peso.
No, aquí todos duermen menos unos pocos que me escuchan atónitos.

No sabía de qué hablar. Podía haberlo hecho del tema que tenía más reciente por el estudio, pero la Topología Algebraica no me parecía al caso. Así que compré en el quiosco un librito de bolsillo de la serie ¿Qué sabes de…? sobre El Mar. Lleno la primera charla con los grandes cetáceos, los arrecifes de coral, la fauna abisal… ante una decena de alucinados y una multitud de dormidos, las cabezas entre los brazos sobre la mesa. Brillante comienzo para una prometedora carrera como docente y conferenciante.
Según la secuencia y guión que va dictando la Editorial Bruguera, en sucesivas semanas les hablo de: los desiertos, las montañas, los polos, los dinosaurios, etc. Hasta que un día se me ocurre repetir con ellos un pequeño experimento de dinámica de grupos que había conocido en el curso del C.A.P.
[2]: la transmisión oral de una historia y el análisis de las deformaciones que sufre.
El experimento consiste en lo siguiente: cuento un breve relato a un soldado, al oído para que nadie más lo escuche. El relato escogido es éste:
123456En Persia, un esclavo dice a su amo: “Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de 123456amenaza. Permíteme huir a Damasco para que no me encuentre”. El rey le presta sus caballos. 123456Por la tarde, el rey encuentra a la Muerte y le pregunta: “Esta mañana ¿por qué hiciste a mi 123456esclavo un gesto de amenaza?” “No fue un gesto de amenaza -le responde la Muerte- sino de 123456sorpresa por encontrarlo allí, pues esta noche voy a buscarlo a Damasco”.
El soldado transmite la historia al oído del siguiente. Y así van haciendo sucesivamente en una cadena de 15 elegidos. Conforme la historia pasa de uno a otro, a su alrededor la tropa emerge del sopor al correr la voz de que allí se cuece algo diferente a lo de cada día. Crece el murmullo. Por fin se llega al último.
123456- Ahora tú, dinos cuál es la historia que te han contado.
123456- Mi alférez, ¿de verdad quiere que la diga? ¿No me arrestará?
123456- No te preocupes, tú dila en voz alta para todos. Es normal que en la transmisión oral surjan 123456añadidos, cosas extrañas.
123456- Bueno, a la orden. La historia es ésta: “Un sargento duerme la siesta debajo de una higuera. 123456Llega un recluta y le da pol culo. Fin”.

Carcajada estruendosa. Golpes rítmicos con las palmas sobre las mesas. Liberación colectiva de unos jóvenes de 20 años secuestrados legalmente que en la imaginación han violado a la autoridad, en el sentido más literal.

Esta ha sido mi contribución a la apertura de horizontes culturales de los soldados españoles. El T.Col. no me encarga más conferencias.

[1] Torrero: cárcel de Zaragoza.
[2] C.A.P: Certificado de Aptitud Pedagógica. Cursillo que podía ser suplido por la experiencia docente y era necesario para poder presentarse a las Oposiciones de Enseñanzas Medias.