viernes, 16 de octubre de 2009

Cosas de la vida

Instituto de Enseñanza Secundaria E. (Zaragoza). Curso 2004-05.

Desde hace unos años, acostumbro a dar clase a grupos de 1º ESO y 2º Bachillerato, abajo y arriba. Esto me permite ver cómo entran y cómo salen 6 años después los alumnos del instituto; aunque lo último sea muy parcial, pues hasta allí sólo han llegado los buenos estudiantes. También, me obliga a estar en continua adaptación para cambiar el registro comunicativo. Si con los peques das la clase con el dial puesto en el punto de los mayores, quedarán perplejos, ajenos al léxico, a la exigencia, a la ironía. Pero si con los mayores sigues todavía en el tono de 1º, te verán como a un ridículo papaíto que chochea.
Los chavales de 1º ESO suelen tener 11 años camino de los 12 y son, en una gran mayoría, infantiles, inocentes… vamos, de su edad. Te interrumpen una vez tras otra en su deseo de adaptarse a este “colegio de mayores” y agradar a los nuevos “maestros de mayores”:
123456-
Profesor, ¿en qué color hay que subrayar? ¿puedo usar boli negro?
123456- Profesor, ¿las hojas lisas o cuadriculadas? ¿puedo escribir por la parte de atrás?
Ellos están esperando la hora del recreo para jugar al balón, y así seguirán aún por un largo tiempo; ellas, están en vísperas de comenzar el tránsito –en ocasiones de un día para otro- desde la camiseta de Minnie Mouse al tanga a la vista.

Pero a veces encuentras a algunos chicos y chicas con mirada resabiada desde su entrada en el instituto que adivinan como un nuevo campo de batalla. No saben sumar fracciones y pronto empezarán a dudar de las tablas de multiplicar que algún día aprendieron. Pero llegan ya diplomados en la escuela de la calle, camino de la licenciatura. Adivinas que, como el hierro, han sido moldeados a golpes: por la familia, por las pandillas, por el azar. Y, como el hierro, cuando choquen harán sentir su dureza.
Son alumnos complicados y que crean complicaciones, incómodos para los profesores. Un compañero profesor suelto de juicio y de lengua, ateniéndose a lo último, los llama los “sodomitas”.
Lo que no sucede normalmente es que, como ocurre este curso, en un mismo grupo encuentres a seis de esos chicos. Esa acumulación va a actuar como masa crítica, provocará una detonación en mi interior; la mayor sacudida personal en tantos años de transitar por las aulas.

Raquel es grandota, desconfiada y su mirada te hace desconfiar. No trae el libro, no coge apuntes, no hace tareas, no atiende en clase. Algo sí hace: permanentemente comenta y apostilla en voz baja todo lo que dice el profesor. Le mando callar una y otra vez. No hace caso. Cuando es ya un notorio estorbo para el resto de compañeros, la envío fuera del aula, con el profesor de guardia. Así, día tras día. Hablo con la tutora. Me cuenta que la madre hacía lo mismo en la entrevista de tutoría, comentando con desprecio cada frase, cada opinión que se le decía. Bendita sea la rama…

Richard acaba de llegar de un país sudamericano. Responde cien por cien al tipo racial indio y, aunque es menudo, tiene dos años más que sus nuevos compañeros. Los cambios se le amontonan: de un país a otro; de su aldea a esta ciudad; de la escasez al consumo tan a la vista, tan tentador. Se le ve asustado y aturdido. En mi imaginación, lo veo como uno de aquellos indios de las huchas del Domund y de las barajas de razas en mi infancia: descalzo, con sus plumas y su arco. Me despierta enseguida un cariño paternalista. Pero es difícil entrar en su hermetismo protector. Me siento a su lado en el Taller de Matemáticas (allí hay 11 alumnos en el aula y se puede), intento mostrarme su amigo y ayudarle a superar el enorme retraso escolar que lleva según nuestros parámetros. Parece que empieza a abrirse. En clase de Matemáticas, donde hay 27 alumnos, reclama la misma atención cercana que entonces ya no puedo darle; y lo hace dando voces cada cinco minutos: “¡Profe! ¡Profe!”. Intento disciplinar esta recién nacida confianza y convencerle de que el instituto le da una gran oportunidad para integrarse y progresar. Pero en clase aprende poco o nada. Fuera de clase va a aprender rápido.

Jennifer, aunque repetidora, es muy pequeña de tamaño. La llaman “chiqui”. Viste siempre un mismo chandall sucio, sucio. Se intuye mala alimentación, dejadez familiar, pobreza. La tutora no consigue hablar con nadie de su casa.

Lucas, Sergio y Lalo (para mí Gonzalo) son inseparables. Lucas es listo, pero usa su inteligencia sólo para dominar a sus colegas; si quisiera, tendría alguna probabilidad de aprobar. Sergio ríe todo lo que diga Lucas y actúa según le dicte. Lalo tiene aspecto muy aniñado y una historia personal difícil: vive desatendido con su “abuelastro”, padre de la novia de su padre; los dos últimos, en paradero desconocido. Lalo me inspira ternura y compasión; hasta que conozco que el último verano, en la piscina, estampó un bate de béisbol en la cabeza de un gitano, abriéndole una brecha considerable. Desde entonces teme la venganza de la saga calé y anda por la calle con cien ojos. Sergio y Lalo acumulan mucho retraso escolar; el aprobado en su caso es misión imposible. Hablan sin parar.

Richard sigue sin aprender Matemáticas, aunque tres meses después de su llegada ya se le ve más suelto en sus relaciones sociales. Viste distinto que antes, ahora todo de blanco: ropas amplias de rapero, gorra con la visera hacia atrás –hay que recordarle de seguido que en clase se la tiene que quitar-, zapatillas Nike de 150 euros y un gran crucifijo dorado al cuello. Por la tutora sé que sus padres trabajan como esclavos, a destajo: el padre, en derribos; la madre, limpiando casas. El chico tiene todo lo que quiere. Para eso vinieron a España, para que sus hijos puedan decir adiós a las privaciones.

He descubierto que Raquel me provoca para que la saque de clase. Así se encuentra en los pasillos con otros colegas expulsados y juntos hacen sus correrías. Decido probar con el aislamiento. Coloco una mesa y una silla en un vértice del aula y a la primera que suelta le digo:
123456- ¡Raquel, a la esquina!
Al día siguiente, Raquel irá a Jefatura de Estudios, acompañada por la hermana mayor, para denunciarme por haberle llamado “puta”. Al pedirle detalles, responde que la había enviado “a la esquina” y en las esquinas trabajan las putas...

Al hablar, Jennifer tartamudea cohibida; pero cuando ríe es muy escandalosa. Tiene una risa sincopada, renqueante, inhumana; parece el bramido de una máquina desajustada. Dudo si mandarle callar o echarle 3 en 1. Cuando ríe, la clase se colapsa.
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Lucas, Sergio y Lalo siguen en clase de cuchicheo. He intentado separarlos, pero entonces es peor el remedio que la enfermedad: a su alrededor se crean tres núcleos de dispersión pues saben enredar a otros. Mejor que estén juntos y tenerlos controlados, cuidando que no suban el volumen.
Tengo comprobada una técnica que a veces es eficaz para cortar esas conversaciones. Consiste en intervenir en las mismas a propósito de lo que estén hablando, si te has enterado de lo que decían, o con frases-comodín con las que fingirlo (“No creas, no”; o “¿estás seguro?”; y vaguedades por el estilo). De esa forma, sea verdad o no, piensan que estás escuchando sus cosas, y se callan para que no entres en su terreno, prohibido para ti. No sé de qué hablan, pero aplico la técnica. Lucas me responde sorprendido:
123456-
Profesor, ¿es que usted también sabe cosas de la vida?
Ahora el sorprendido soy yo. Salgo del paso:
123456- ¡Pero qué te has creído! ¡si podría ser tu padre!
Luego me arrepentiré de haberlo dicho, cuando sepa que no lo conoce.
123456- ¿Habéis pensado que sólo vivo con Matemáticas, que soy un marciano?
Definitivamente sí, lo piensan.

Tengo que prodigarme en varios frentes sonoros: el permanente run run envenenado de Raquel; Richard con sus llamadas “¡Profe! ¡Profe!”; las carcajadas sobrecogedoras de Jennifer; la conversación sin fin de los tres amigos. La clase es una batalla diaria para controlar a estos seis chavales, conseguir que no ejerzan liderazgo sobre algunos gregarios y a ratos también trabajar Matemáticas con los 21 alumnos restantes, rehenes de la situación.

Después de las vacaciones de Semana Santa Richard no vuelve a clase. No lo veré más este curso. Al curso siguiente regresará, pero en Navidad volverá a desaparecer. Dejará la casa de los padres. Se irá a vivir con una compatriota cuatro años mayor que le ha descubierto un nuevo mundo de sensaciones. Tendrá un hijo, recién cumplidos los 16. Se casará. Gracias a esa boda, la mujer legalizará su situación en el país. Richard terminará trabajando con su padre en los derribos, a mazazos.

Jennifer viste ahora mejor, con ropa de moda, y usa teléfono móvil. Me entero de que la han pillado varias veces robando en el centro comercial. También, que forma parte de una banda que atraca a chicas de su edad. Empieza a visitar el Tribunal de Menores.

Lucas, Sergio y Lalo, como de costumbre, de tertulia en clase. Una vez más, intento aplicar mi estrategia. Para ello, aguzo el oído. Dice Lalo, el pequeñito y aniñado:
123456- Ya sabes, si necesitas pasta, en la Almozara, por las noches debajo 123456del puente hay hombres mayores que te pagan si les haces cosas.
Quedo sin capacidad de reacción.
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Demasiado en un mismo año. Me invade una mezcla de rabia, impotencia y amargura. ¿Qué estoy haciendo con estos pobres críos? ¿Cómo insistirles para que aprendan el algoritmo de la raíz cuadrada? ¿Qué tiene que decirles Pitágoras? ¿Qué puedo decirles yo? Son carne de cañón.
A final de curso necesito ayuda.