domingo, 1 de noviembre de 2009

Campo a través

Instituto Nacional de Bachillerato H. (La Rioja). Curso 1979-80.

Fermín es un fascista. No lo digo como insulto, sino como descripción. Él mismo estaría de acuerdo, lo proclama con sus visibles enseñas de Fuerza Nueva. Es profesor de Educación Física. Su única formación, un cursillo en la Academia José Antonio Primo de Rivera de la O.J.E.
[1]. Desde luego, juró los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Es uno de tantos “sapos” franquistas que ha tragado esta débil democracia acechada de miedos y amenazas. Por extraños derechos adquiridos, vive en una vivienda del MEC[2], uno de los chalets anexos al instituto. En la fachada, grandes rosales rojigualdas muestran a todos su amor por España. Desde el primer día queda claro que entre Fermín y yo hay poca afinidad. En estos tiempos, mi barba y su inequívoco bigotito explican mucho sin palabras.

Abel es un alumno nuevo de 1º BUP A que viene cada mañana desde su pequeño pueblo en el autobús escolar. Parece un niño de posguerra: pelo al uno, orejas de soplillo, todavía con pantalón corto a los 14 años. Sus piernas coloradas y gordezuelas lucen señales de algunas batallas. Es lento de reacción y torpe de movimientos. Pronto sus compañeros le otorgan un apodo: El Mosto. En esta tierra de vino, el mosto simboliza lo que no llega a realizarse, lo incompleto, que le falta un hervor. Pero, aunque tardías, sus sentencias no son huecas. Parecen las de un abuelo de campo, con tozudez, tino y sorna.

Soy su tutor y recibo a Abel con la simpatía que despierta el débil, el diferente. Muestra una especial aptitud para las Matemáticas que intento explotar como refuerzo de su autoestima. Sin desprenderse del estilo testarudo y rural, parece relacionarse mejor con los conceptos abstractos que con los demás alumnos. Entre él y yo se establece una curiosa relación pendular, oscilante entre su recelo natural y la confianza recién nacida.

En clase de Educación Física, para todos de Gimnasia, Abel sufre. Hay que dar volteretas en el plinto, saltar el potro y el caballo. Una y otra vez se estrella contra los aparatos de madera entre las risotadas despiadadas del resto de la clase. Entonces, Fermín lo ridiculiza ante todos con comentarios crueles. ¿A cuántos habrá humillado? Una y otra vez, Abel se levanta con nuevas heridas en el cuerpo y en el orgullo.

Estoy en clase, en el aula junto al gimnasio. De repente se oye un gran revuelo y una voz que conozco. Es Abel:
123456- ¡No aguanto más, no aguanto más!
Salgo al pasillo y le veo correr hacia la puerta del instituto. Sus compañeros le siguen en tumulto. Sin pensarlo apenas, voy tras los pasos de Abel, que son zancadas. Me lleva más de 50 m de ventaja pero lo alcanzaré sin problemas. Cada mañana corro varios km, estoy en mejor forma que él, confío.

La desesperación da alas a Abel. Aunque corre con un estilo bastante estorbado, nada ortodoxo, es más veloz de lo que suponía. Cruza un campo en barbecho. Las pisadas se hunden en la blanda tierra removida. Las suelas lisas de mocasín no tiene agarre, la carrera se hace penosa. Hay que elevar las rodillas y tirar de brazos. Esto parece un duro 800 m y con mucho público, más que un domingo en la pista de la Laboral. Detrás nuestra se oye el griterío. Han salido los chicos de mi clase y junto a los que estaban en la de Abel componen un coro bullicioso, arremolinados tras la valla.

Sé que hago lo que debo, pero no puedo dejar de ver una estética y una épica absurdas en la escena: carrera de persecución bajo el sol y por los surcos, con un público chillón, sin idea de la meta ni del premio. Imagino apuestas. Ya casi estoy a su altura. Llego y lo abrazo. Desde el patio llega una gran ovación.

Volvemos: él llorando, mi brazo sobre su hombro. En la puerta, lívido, espera Fermín.
123456- Este chico se ha escapado de mi clase. Hay que ponerle un castigo.
Le devuelvo la mirada con rabia contenida.
123456- Déjalo en paz, ya lo has castigado bastante.
Hay expectación alrededor nuestra. Me mira con los ojos encendidos y no responde.

Abel no va más a clase de Educación Física. Suspende.

Han pasado 4 años. Algo cambió. Un verano, Juan Carlos I de Borbón, Rey de España, se dejó barba. De repente, mi aspecto ya no era subversivo. Como los demás, aquel I.N.B. pasó a ser sólo I.B. Se le cayó del nombre la “N” de nacional. Pocas cosas más.

Un día me encuentro por Independencia con José Manuel, el profesor de Matemáticas que llegó tras de mí para quedarse. Me cuenta que se ha abierto un expediente a Fermín por todos los años que ha impartido cursos de judo en el gimnasio del centro (cobrando, por supuesto). También se ha descubierto que pillaba la luz para su casa con un cable desde el instituto, aquel Instituto Nacional, su instituto. Son pequeñas cuentas pendientes. Nunca pagará su gran deuda.

[1] O.J.E: Organización Juvenil Española, adscrita a la Falange.
[2] MEC: Ministerio de Educación y Ciencia